Todo sucedió una tarde de exploración. Caminaba rumbo a Mission por las calles de San Francisco cuando encontré “The Adobe Bookshop”. Vi plantas, vi libros, entré.

La entrada de "The Adobe Bookshop"

Sésamo se abrió ante mí. Sentí un olor intenso y descubrí la belleza que convive con el desorden. “¿Me cuentas la historia de este lugar?” El chico que estaba de turno tenía pocas ganas de hablar. Pero entonces llegó Sri, su relevo.

 

Sri saludando para Natui

Sri usa guantes de motorista para vender libros de segunda mano. Llegó a San Francisco poco después del Summer of Love y lleva aquí más de 24 años. Durante un tiempo, Sri pasó seis años preparando sandwiches y comida para los artistas y músicos que vivían en la calle y no querían dejar su puesto para irse a comer: “Hay tres necesidades básicas que el ser humano debe cubrir. La primera es comida, la segunda es ropa, la tercera es cobijo”, afirma Sri.

San Francisco es la ciudad de Silicon Valley. Y también la ciudad con mayor índice de sin techo de Estados Unidos.

“En la década de los ’70, San Francisco era una explosión de arte, música y drogas. La ciudad estaba viva, no es como ahora”.

The Adobe Bookshop es, como le gusta llamarlo a Sri, “el patio de Mission”, un espacio creativo -y bastante silvestre- en medio del barrio. Por desgracia, la librería está a punto de echar el cierre. Su dueño, Andrew McKinley, es conocido por el apoyo que durante más de veinte años ha dado a las artes, la cultura y la creatividad. Una campaña que lleva por nombre “Save Adobe Books” intenta evitar el triste final.

Libros de Segunda Mano

Arte, también en las paredes

La amenaza de cierre de esta librería convive con un boom, el de Mission como barrio “trendy”, donde jóvenes que trabajan en Apple, Google, o Facebook han decidido poner el huevo. El disparo de los alquileres y la acumulación de cafés, restaurantes y galerías es el vivo ejemplo de la migración creativa planteada por Richard Florida: “Con el aumento de la demanda, el alquiler se ha disparado. Nosotros hemos llegado a pagar más de $4.000 al mes. Es hora de marchar”.

¿Podría salvarse The Adobe Bookshop?

“¿Utilizas Internet?”, le pregunto a Sri. “Oh sí, un poco”. Un joven escritor, sentado al otro lado, se cuela en la conversación y describe la magia del lugar: “Puedes venir en cualquier momento. Sentarte aquí, leer, conversar, encontrar a otras personas”. Otras personas incluye a los dueños del restaurante chino colindante: “En los días de menos trabajo, los dueños pasan aquí a medio día y echan una siesta. También vienen sin techo, y artistas que siempre estuvieron aquí”.

A David le gusta venir a leer aquí

Por desgracia, la magia no está funcionando igual con los números. Una carta impresa en papel de calidad anuncia el cierre de The Adobe Bookshop y explica algunos de los motivos: “La gentrificación de Mission, combinada con el auge de los e-books y las ventas on-line han hecho de los libros de segunda mano un negocio difícil de sostener”, explica la carta.

Una cooperativa formada por artistas, escritores, poetas, activistas y miembros de la comunidad se reúne todas las semanas para tratar de encontrar una solución viable.

Dance, dance... Let's dance!

“Hemos perdido el sentido de la integridad”, apunta Sri. Sus palabras me recuerdan a Orwell. Y, curiosamente, también a 1984, el primer anuncio de Apple: “Todos esos jóvenes tecnológicos trabajan para “The Machine”, cobrando más de $120.000 al año. Gadgets y más gadgets, gadgets por todas partes. Pero, ¿qué pasará el día que la industria tecnológica colapse? Estamos perdiendo el contacto con la vida real, con la Naturaleza. Ahora todo son rascacielos en esta ciudad que un día fue conocida por su creatividad, por su diversidad”.

Los amigos de Adobe no están en venta

Un interesante artículo del New York Times analiza la situación y abre una lanza en favor de Oakland, al otro lado de la Bahía: “¿Es Oakland más cool que San Francisco?”

-”¿Qué harás ahora?” Le pregunto a Sri antes de marcharme con un libro de Joseph Campbell bajo el brazo.

- “Dejaré San Francisco y me compraré un trozo de tierra, a ser posible cerca del agua, donde pueda cultivar”.

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