En Madrid también llueve, aunque todos los de allí se hayan olvidado. De hecho, no se han olvidado sólo de que llueve, sino también de que hay gente que llora, que ríe; de que hay mar y olas que rompen en acantilados refugiados de la civilización; de que a veces, por la noche, se ven todas las estrellas, constelaciones y cometas; de que los perros corren; de la bucket list escrita en aquella terraza. Del sonido de las campanas cuando no se oye nada más. Bueno sí, a un gallo y ya.

Entonces empieza a llover. A ella le pilla justo en medio de la calle, volviendo del trabajo. Aún va con bailarinas y el pronóstico es oscuro, no lleva ningún paraguas en el bolso, así que se limita a cruzarse con fuerza la gabardina sellándola por delante con el puño en los cuellos, mientras acelera el paso con la cabeza gacha pegándose a las fachadas. Hace el relevo de una mano a otra para continuar protegiéndose la garganta con el abrigo y mete su mano derecha en el bolsillo. Le gusta tenerlos vacíos, así que ante cualquier amenaza, la coge y la tira a la basura, a veces hasta sin mirar. Esta vez mira aquel papelucho.

Está arrugado, parece no prometer nada, pero aún puede leerse con dificultad: Thor. Se escabulle de la fila de gente que camina con prisa y se refugia en un portal para abrir el papel del todo sin que se moje, sin que nadie se percate de que lo mira, con calma, incluso con un asomo de nostalgia. Entonces escucha aquella estrofa de Mumford & Sons, para ella tan familiar: “I remembered our own land, what we lived for”.

Hace casi un año que estrenaron la película en la cartelera de la capital, y él estaba emocionado con verla ese mismo viernes que salió. Aunque no lo reconocía en público, ella estaba segura de que además de adorar a los superhéroes, también le adoraba a su heroína particular, a Natalie, aún en su papel de El amor y otras cosas imposibles la seguía adorando. Era imposible odiarla. –“Te invito a las palomitas y a la Coca Cola si me acompañas”-  la intentaba chantajear con una mirada burlona. Ella le contestaba coqueta que eso por supuesto, que intentara convencerla con algo más jugoso, que no era una simple mujer de compañía para ir al cine. Terminaban dándose un beso y pagando todo a medias. A los dos les encantaba Thor y jugar. Pero sobre todo, estar juntos, aunque estuviera lloviendo.

Le salpica un poco de agua que le devuelve a la realidad. Se le empieza a mojar un poco la cara y también la antigua entrada de cine que le tiene absorta desde hace unos minutos, con media sonrisa en la cara. Pero parece que estas gotas no vienen de tan arriba, sino de la altura de sus ojos.

Mira hacia el cielo. “Realmente esta lluvia viene cuando menos te lo esperas”- se dice a sí misma muy bajito- “Bueno, qué se le va a hacer, lo que está claro es que algún día volverá a ser verano”. Se seca el agua salada de las mejillas, se pasa rápidamente la lengua por los labios, suspira hondo con un pequeño hipo intercalado, aprieta de nuevo las manos a la altura del cuello y se incorpora de nuevo a la procesión de paraguas sobre rostros escondidos o difuminados por la lluvia. Son esas cosas que sólo pasan cuando llueve en Madrid.

Suena de nuevo Mumford: “And there will come a time, you’ll see, with no more tears. And love will not break your heart, but dismiss your fears”. Y mientras, en su bolso derecho, sigue acompañándola el nombre de aquel superhéroe.