“Por mi parte, siento que, con respecto a la Naturaleza, llevo una especie de vida fronteriza en los confines de un mundo en el que me limito a realizar entradas ocasionales y fugaces incursiones”. Henry David Thoreau, en “Caminar”.

Árdora Ediciones visita el camino trazado por Thoreau. Y lo hace con la elegancia que da sobrevolar y acertar, aterrizar un pensamiento y dejar que unos pasos nos devuelvan al lugar donde habita el ahora. 

“Caminar” resultará -quizás- un pequeño vaso de agua fría para los que idealizaron a Thoreau, escritor estadounidense que en realidad no vivió tan salvajemente como algunos quisimos creer.

Su marcha temporal a la cabaña en el bosque no fue una huída de la civilización, sino la búsqueda de un espacio limítrofe que le permitiera escribir con perspectiva, desde ese lugar donde el bosque sólo estaba a pocos kilómetros de Concord, allí donde el sonido del nuevo ferrocarril le ayudaba a reflexionar sobre el sentido de los avances tecnológicos.

Sí. Thoreau es fronterizo, y leyéndole uno aprende que es posible distanciarse sin escapar, vivir dentro del sistema creando nuestro pequeño oasis en él, buscando la senda ajena donde “caminar por fuera para caminar por dentro” y aspirar “no a la Sabiduría, sino a la Simpatía con la inteligencia”. 

“Caminar” es también una reflexión en torno a Oriente y Occidente, una oda al Nuevo Mundo que, en palabras de Linneo, nos hace comprobar que “Hay un no sé que de alegre y suave en el aspecto de las plantas americanas”, exuberancia de la vegetación tropical que nos devuelve a esa “mayor perfección en los bosques primitivos del Amazonas, la más gigantesca zona selvática de la Tierra”. 

¿Qué nos lleva a viajar? ¿Por qué y hacia dónde caminamos? En el caso de Thoreau, que se echa a andar sabiendo que sus paseos son de ida y vuelta, el deseo es bien explícito:

“Espero que seamos más imaginativos, que nuestros pensamientos sean más claros, más frescos y más etéreos, como nuestro cielo; nuestros conocimiento más amplios, como nuestras praderas; nuestro intelecto, en términos generales, de una escala mayor, como nuestros truenos, nuestros relámpagos, nuestros ríos, montañas y bosques; e incluso que nuestros corazones se correspondan en amplitud, profundidad y grandeza con nuestros mares interiores. Tal vez el viajero llegue a percibir en nuestros mismos rostros algo, un no sé qué de laeta y glabra, de gozoso y sereno”. 

Ahí, en la suave línea que traza lo salvaje y lo natural, descubre Thoreau que “los hombres, en líneas generales, son parecidos; pero fueron creados distintos de modo que pudieran ser diferentes”. 

En nuestro viaje con fin, sólo nos queda esperar que “un día el sol brille más que nunca, tal vez en nuestras mentes y en nuestros corazones, e ilumine la totalidad de nuestras vidas con una intensa luz que nos despierte, tan cálida, serena y dorada como la de una ribera en otoño”. 

O como la de un atardecer en el mar.

“Caminar” – Henry David Thoreau, Árdora Exprés, 2010, 59 pág. 

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