Son las siete de la mañana y hace frío en Madrid. Andrés Gallardo entorna por un momento los ojos recién abiertos y se sienta junto a la ventana. En compañía de un primer café, el diseñador repasa mentalmente su día mientras contempla divertido la mesita de madera con forma de oso hormiguero que compró en Venezuela: “En mis diseños hay amor y amistad, y también misterio: todas las piezas se llevan bien, y se quieren mucho”.

La Naturaleza de Andrés Gallardo deja entrever un espíritu cultivado, delicado y dedicado, colorista y sofisticadamente campestre: “Encuentro inspiración en las cosas más cotidianas: un vaso de agua con perejil recién cortado, una torre de revistas de moda y libros bien colocados, un balcón lleno de flores o un frutero lleno de frutas diferentes“.

Pero no sólo. Hay en él también un componente tropical que habla de sonrisa y camuflaje, monzón de ideas que trepa por sus manos y culmina en forma de diseños lúdicos: “Me gusta la vegetación exuberante y ver la relación que hay entre tanta maraña de plantas, me atrae la idea que detrás de toda esa vegetación hay animales ocultos; A mí me pasa algo parecido, me gusta estar rodeado de miles de cosas, las cosas que me hacen estar cómodo y me inspiran”.

Además de sus propias creaciones, rastros y anticuarios son la fuente de inspiración de este aventurero de la belleza que siente especial atracción por el reino animal: “De los animales me atraen muchas cosas, cada uno tiene una cualidad que le caracteriza: la inteligencia y ternura de los elefantes, la elegancia de una pantera negra caminando, el contraste de una cebra, los andares patosos y divertidos de los animales bebes…”


En esa selva que son algunas ciudades, Gallardo camina con paso sigiloso en busca de su oasis particular: piezas de porcelana rota, que al mezclarse con el cuero crían accesorios a juego con la piel. Pura como la seda, suave como sus joyas.

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