Me dijo que no, que no podía hacer fotos para contar una historia de su maravillosa tienda en Natui. Que no tenían blog y que tampoco tenían intención de hacerse uno. Me dijo, -en un italiano tan moreno como él, que tenía manos de artesano y una tienda chulísima llena de detalles que te hubiera encantado ver-, que en la última Feria del Mueble, -en la que ellos también exponen-, ya no se puede ni tocar:
-”¿Y si dejamos de tocar, qué vamos a hacer entonces, eh, eh?” (sírvase poner los dedos hacia arriba y señalar al cielo con la mano, como hacen tan bien los italianos).
La conversación fue muy interesante, de ésas que no esperas y al final contienen altas dosis de sabiduría y sentido común. Yo allí con mi paraguas de un euro (super artesanal, vamos), los pies chopados y mi maleta al poder:
- “Todo el día en Internet… todo el día en Internet, siguió él. Pero, ¿… qué hacéis en Internet? ¿Es útil de verdad? ¿Qué se compra, que se vende, qué se fabrica ahí? Nuestra dependienta, de veintipocos años, sólo piensa en navegar. En navegar por Facebook y en comprarse zapatos de Marni. Me preocupa nuestra juventud. ¿Qué les estamos enseñando? ¿Cuál será su oficio? ¿Qué sabrán hacer el día de mañana?”
Allí de pie, junto a la caja de cobrar, hablamos del misterio de Internet, de equilibrio y oportunidad, de tecnología y relaciones, de ruido y de historias, de lo virtual y lo social, de lo fictio y lo impostado, de los negocios y la Red, de gente que piensa parecido pero vive en lugares diferentes y al revés.
Hablamos de la gente increíble que se puede llegar a encontrar, de la cantidad de tiempo que se puede llegar a perder (y/o ganar) y de lo importante que es tener un porqué para encontrar un cómo o un quién, también en Internet.
El italiano volvió a juntar los deditos, me miró con cara de serendipia y dijo:
-”Sí, bueno, pero entonces al final… Internet es un poco… como la vida misma, ¿no?”
Imagen: Estudio de Pierandrei Associati, en Milán.










