La Helvética es, sin duda alguna, la tipografía más famosa, extendida y utilizada de todos los tiempos. Cuando nació, en 1957, lo hizo con un cometido, la neutralidad. Así fue concebida por sus padres, Max Meidinger y Edouard Hoffmann, pero ese cometido no duraría eternamente. Años y años de sobreexplotación, de asociaciones peligrosas, de exigencias de organización y limpieza, acabaron pasando factura a la idolatrada tipografía. La Helvética dejó de ser una copa de cristal, transparente, y se hizo con un significado propio. En ese momento traicionó sus orígenes y aquello para lo que había sido creada.

El otro día volví a ver después de mucho tiempo Helvética, la película, de 2007, dirigida por Gary Hustwit, y empecé a pensar en la evolución de una de mis tipografías favoritas. Me di cuenta de cómo su razón de ser se había visto desvirtuada y su único objetivo, el de ser neutral, había desaparecido sin dejar rastro.

helvética, la película from Diego Donadío on Vimeo.

En la década de los 50, la publicidad estaba llena de florituras, sonrisas forzadas, tipografías que imitaban el manuscrito, exceso de información…

Y llegó la Helvética, con ella los mensajes publicitarios se simplificaron, los eslóganes se recortaron, desapareció el estilo de ilustración costumbrista de la década anterior y por fin, las tipografías que imitan rasgos del manuscrito, vieron llegar su final. El poder de la Helvética no pasó desapercibido para los responsables de la identidad coporativa de grandes empresas estadounidenses. Poco a poco, las marcas se fueron rediseñando y reformulando y nuestra tipografía se fue volviendo elemento común.

Cuando empecé en el diseño, existían dos culturas del diseño diametralmente opuestas. Una era la coporativa, la de las grandes empresas y sus imágenes, la de la Helvética. Muchas de esas empresas apoyaban la guerra de Vietnam. En cierto modo, la Helvética, se convirtió en la tipografía de la guerra de Vietnam”. Paula Scher

Para Lars Müller, sin embargo, decir que la Helvética es la tipografía del capitalismo, el coporativismo o la guerra de Vietnam, no puede estar más alejado de la realidad. “Es la tipografía del socialismo, porque está en todos lados. Invita a conocedores y a aficionados. Creo que tiene mucho mérito que una tipografía pueda alcanzar semejante estatus”.

Sin embargo, esas connotaciones, por positivas que le puedan parecer a Lars Müller, son las que, a mi juicio, provocaron la traición histórica de la Helvética.

La Helvética traicionó, por culpa de los diseñadores, a sus padres, al cometido moderno que éstos le habían dado, eso para lo que había sido creada. Dejó de ser neutral, para unos era moderna, organizada, amable, para otros socialista, para otros capitalista. Para algunos incluso estaba relacionada con la guerra de Vietnam. 

Para muchos, además, la Helvética se volvió tan omnipresente que era casi insoportable. Era como un uniforme, mataba cualquier expresión de individualidad, diferencicación, novedad. La una vez idolatrada empezó a ser odiada y a finales de los 70 y durante la década de los 80, ningún diseñador emergente, joven y talentoso quería ni oir hablar de ella.

Volvió aquella idea de que la tipografía debía ser expresiva, de que la palabra sol debía expresar sol, la palabra cafeína debía ser cafeinada, la palabra pasión, apasionada. Y la Helvética no servía para eso.

Llegó un punto, en la década de los 90, en que este desorden se volvió insostenible. No había nada más que descomponer, romper, desfigurar, alterar, desorganizar. Los propios diseñadores comprendieron que ese camino había llegado a su fin, que no se podía seguir construyendo sobre aquella filosofía. Este punto marcó el principio de una etapa de regreso para la Helvética. Volvió a inundar calles y tiendas, catálogos y revistas, carteles y logotipos.

Pero como todo traidor, la Helvética mantiene su propia letra escarlata. Es imposible escribir “no soy moderno” en Helvética, y pretender que sea coherente. La Helvética nunca volverá a ser una copa de cristal. Y digo esto del mismo modo que reconozco que la Helvética es una de mis tipografías favoritas. La utilizo frecuentemente y soy de la opinión de que es fuerte, contundente, clara y, porqué no, preciosa.

Pero también es la tipografía de los 60, la tipografía inspirada en la vanguardia, tiene una carga de modernidad denostada, de lo que está demasiado explotado. Es la tipografía de las instituciones públicas de Estados Unidos, de la publicidad de los 70, de las grandes empresas que rediseñaron sus logos en los 60, de AmericanAirlines.

Es duro acusar a quien se aprecia de traidor, pero la Helvética se vio empujada y cayó en la trampa. Los diseñadores convirtieron esa perfecta copa transparente en un caliz bizantino, cargado de pan de oro y piedras preciosas.