En el artículo que hoy domingo traemos a Natui, Jonathan Harris continúa con su serie de reflexiones en torno a las nuevas tecnologías publicadas en “The Farmer & Farmer review”.

Como artista y programador, Harris plantea la necesidad de establecer un código ético para profesionales del sector. En la reflexión de hoy, Harris dibuja en concreto un escenario que, si bien puede resultar algo futurista, en realidad es una ventana a una serie de preguntas interesantes.

Un sólido punto de partida para el futuro

“Pero, ¿por qué es importante la forma en que las compañías de software se comportan? Al fin y al cabo, la gente es libre para decidir si quiere o no usar la tecnología. No hay coacción en este punto; en teoría, las personas son libres para decidir.

En realidad, hay varias razones por las cuales el tema de la tecnología es importante:

La primera tiene que ver con las redes: si mucha gente utiliza un determinado programa, es muy probable que uno lo acabe utilizando también. Como ciudadanos de una comunidad global, nos gusta manejar herramientas y plataformas que nos permiten conectar con los demás.

Como no todos somos ingenieros, al hacer uso de estos programas o aplicaciones confiamos en aquellos que son capaces de diseñarlas, de la misma forma que confiamos en los proveedores de alimentación o en los arquitectos que construyen buenos edificios para nosotros.

En segundo lugar, el software es la base sobre la que se cimienta el futuro. Los avances son todavía paulatinos,  pero irán creciendo con el paso del tiempo.

Vivimos un momento de transición, a medio camino entre dos realidades diferentes. La evolución darwinista a nivel individual está a punto de ser trascendida por otro tipo de evolución, que tiene lugar a nivel de especies. Internet no está ayudando a despertar y a ver aquello que realmente somos. Más allá de nuestras “celdas” individuales, de pronto estamos siendo capaces de ver todo el “enjambre” de individuos que componen el organismo humano.

Actuamos con independencia, pero nuestras elecciones y acciones (y posiblemente también nuestros pensamientos y sentimientos) tienen un impacto muy real en la amplitud de la formamos parte.

A través de Internet, estamos generando todo un sistema nervioso capaz de transmitir pensamientos, ideas e información, reacciones psicológicas y empatía. Este último fenómeno es nuevo, y por el momento sólo nos hemos asomado a él de forma puntual en distintos momentos.

Por ejemplo, el día en que un grupo de jóvenes del movimiento Occupy Wall Street fueron rociados con spray de pimienta en UC Davis, a los pocos minutos millones de personas de todo el mundo habían visto ese video.

Puede que muchos de ellos vieran el video y sintieran aquello como una especie de atropello moral, y también una profunda sensación de nausea física -en el sentido visceral de la pena y el disgusto-. Y esa parte es nueva.

Es como si todos esos millones de personas que visionaron el video compartieran una especie de aversión colectiva en respuesta a un estímulo externo que estaba afectando a personas de otra parte del mundo. Es como si a través del sistema nervioso de esos millones de personas estuviéramos temporalmente conectados con el sistema nervioso de la chica a la que rociaron con spray de pimienta, compartiendo su dolor.

Quizás fue solo un reflejo, quizás sólo duró un instante, pero era un avance de lo que está por llegar. En breve, a través de Internet, seremos de alguna forma capaces de hacer realidad la idea budista que nos conecta con el sufrimiento de los demás.

Mientras Internet sea algo externo a nosotros, será suficiente con apagarlo. Pero dentro de no mucho tiempo, nuestra realidad se verá aumentada mediante componentes tecnológicos que nos ofrecerán acceso directo a la red.

Ya existen precedentes en el cuerpo humano -marcapasos, prótesis- así que es sólo una cuestión de tiempo que la tecnología comience a formar cada vez más parte de nuestro cuerpo. Muy pronto integraremos en nuestra piel dispositivos para controlar los signos biométricos que estarán sincronizados con los historiales médicos digitales.

En la lucha contra el cáncer, insertaremos nanorobots que circularán a través de nuestra sangre para mantenerla limpia; integraremos microprocesadores en nuestros cerebros para facilitar el acceso directo a Internet a través del pensamiento y, llegados a ese punto, habremos alcanzado una especia de empatía universal -cuerpo con cuerpo, cerebro con cerebro, corazón con corazón-,  conectando en una especie empatía universal.

Todo esto puede sonar un poco descabellado y de ciencia-ficción, pero lo menciono aquí porque sugiere el estadio que sigue al software. Aunque al inicio todavía -sobre todo en lo que se refiere a apps y redes sociales-, de alguna manera en estos momentos estamos estableciendo las normas éticas y culturales que servirán de base para el desarrollo futuro de la tecnología, y esto afecta a la forma en que diseñadores y desarrolladores se comportan en los años precedentes: cuando las intervenciones tecnológicas formen parte de nuestro cuerpo, esta realidad será mucho más difícil de ignorar.

El software es el escenario para el futuro y ahora tenemos el tiempo y el espacio necesarios para construir una ética acertada, antes de que suban las apuestas.

Estas intervenciones tendrán lugar de forma sencilla: un día llegarán unos cuantos emprendedores que fundirán una compañía dedicada a producirlos. Su pequeño grupo de diseño tomará ciertas decisiones, -decisiones en torno a cosas como los ajustes por defecto-. Diseñarán un prototipo, lanzarán un producto al mercado, los “early-adopters” (los primeros en abrazar una nueva tendencia) se harán con él y poco después, la gente corriente también lo hará.

Y después, los cuerpos de millones de personas se verán aumentados por una serie de elecciones flipantes, hechas todas un martes por la tarde en una pequeña habitación soleada de Palo Alto.

Entonces la tecnología sí que será una droga.

Esperemos que para entonces, esos diseñadores tengan clara la ética”.

Si quieres leer los artículos previos, visita “Ingenieros sociales”,  “La ética de la programación”, “Deseos y resultados”“Healers & Dealers”, “El problema de la publicidad”.

Si quieres leer la fuente original en inglés, visita The Farmer & Farmer Review.