La historia de “Alí y Nino” es una historia de amor. Alí, un joven aristócrata musulmán, se enamoró de la bella y enigmática Nino, una joven princesa cristiana. La novela, ambientada a finales del S. XIX en Bakú, Azerbaiyán, es una pequeña joya recuperada por Libros del Asteroide de la que me acordé estos días, visitando los bosques de Yosemite, en California:

El parque de Yosemite cubre un área de 3.081 km² y se extiende a través de las laderas orientales de la cadena montañosa de Sierra Nevada (Estados Unidos).

“El mundo de los árboles me confunde, alteza. Está lleno de sobresaltos y enigmas, lleno de fantasmas y demonios. La mirada se estrecha. Está oscuro, los rayos del sol se pierden entre las sombras de los árboles. Todo es irreal en esa media luz”.

Nombrado Patrimonio de la Humanidad en 1984, es visitado por más de 3 millones de personas al año.

“No, los árboles no me gustan. Sus sombras me oprimen, me entristece el crujir de sus ramas. Yo amo las cosas sencillas: el viento, la arena y la roca. El desierto es tan sencillo como un golpe de espada, y el bosque tan complejo como el mundo gordiano. Yo en el bosque me siento como perdido, alteza”.

Entonces Daniani, su alteza, le miró pensativo, y le dijo:

El Parque de Yosemite, como los bosques de Alí y Nino, está lleno de preguntas.

“El bosque está lleno de preguntas. Sólo el desierto no pregunta nada, no da nada y no promete nada. Pero el fuego del alma procede del bosque. El hombre del desierto, me hago cargo, tiene un solo sentimiento y conoce una sola verdad, que lo absorbe. El hombre del bosque tiene muchas caras. (…) Los creadores vienen del bosque”.

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