Y entonces Rick dijo: “Of all the gin joints of all the towns, in all the world; she walks into mine”.

Se puso el sombrero negro a pesar de estar dentro del pub. La verja ya estaba casi bajada, así que apoyándose en uno de los taburetes de cuero viejo negro, se encendió un cigarro. -“Alguna ventaja tendrá que tener ser el dueño”- le dijo a Moncho mientras éste recogía sus discos y le daba play a una lista aburrida de Spotify.

Se quedó ensimismado durante unos segundos, jugando con su sombrero, pensando en que probablemente aquel pub con olor a sudor fuera lo único que tuviera realmente en esos momentos. Le estaba invadiendo una extraña sensación de no estar controlando nada, de que algo pequeño, diminuto, se le había colado por la retaguardia. No alcanzaba a verlo, no sabía qué era, pero una cosa estaba clara: tenía la fuerza suficiente como para haberlo dejado todo del revés.

Y milagrosamente, de entre las canciones monótonas de aquella lista de reproducción, apareció ella, la que a pesar de ser una más llega a tocar misteriosamente alguna fibra que la convierte en diferente, en única, en inolvidable.

- “Moncho, ¿puedes ponerla otra vez?”

***

Cerró la puerta de casa a cámara lenta y fue de puntillas hasta su dormitorio. Cerró una puerta más. Se quitó las botas a tropiezos, dejó caer el bolso y el abrigo para derrumbarse finalmente sobre la cama con los ojos completamente abiertos y la raya negra descorrida. Apenas había vuelto de París hacía unos días por Navidad…

Se había marchado seis meses atrás para practicar el idioma, apuntarse a un curso de hostelería de muy buena reputación, coger la experiencia de vivir fuera de casa  y un largo etcétera de un sinfín de motivos que le servían de repertorio para escoger el que más se adecuara a cada situación. La versión extraoficial: Él.

Quería olvidarse del maldito dueño de aquel bar. Y su padre también. Del huraño y solitario que nunca tuvo ojos para su hija; sólo para sus negocios, su whisky y ese tugurio, mientras ella había vuelto llorando a casa tantas veces. El francés y la gastronomía hicieron a Marta sonreír de nuevo, volver a echarse perfume antes de salir de casa y pasear por París sin paraguas cuando llovía.

Pero esa noche, tumbada en la cama de su casa de aquí, La vie en rose le sonaba a disco rayado. Era la primera vez que iba al bar de Ricardo desde que volvió, había entrado con la cabeza alta y el pelo suelto, con la seguridad que da la indiferencia ante los fantasmas del pasado. Pero su castillo de naipes se desarmó con un ataque frontal, directo, a los ojos, al oído, sin piedad.  – “¡Cómo puedo ser tan ingenua! Sólo soy una más para él, terminaré peor de lo que estaba antes”-. Daba vueltas a su cabeza inquieta sobre la almohada. –“… Pero parece que esta vez ha sido diferente, ha sonreído, ¿verdad?, me ha sonreído, creo que algo ha pasado, no sé… ¡¿Pero qué estoy diciendo?!… ¡Basta ya Marta! Esto se acabó”-. Marta se incorporó con determinación, calzó unas zapatillas, cogió las llaves, el abrigo, y salió de casa rumbo al espigón.

Aquella humedad impregnada de salitre que se colaba por todos sus poros al romper las olas del Cantábrico le hacía sentirse más viva, más lúcida, más valiente para sacar esa foto de la cartera. Llevaba allí diez años, de cuando aún se revelaban, con las caras de sus amigos descoloridas frente al bar de Ricardo quien les observaba desde la puerta con media sonrisa. Casi sin mirarla, la rompió en más pedazos de los que se podía y los lanzó por la borda junto a todos los baúles de recuerdos, definitivamente.

***

En ese mismo momento, alguien deambulaba frente a la puerta de la casa de Marta. Parecía murmurar en voz baja las ideas que se le agolpaban en la cabeza cubierta por un sombrero negro.